lunes, 21 de junio de 2010

"Me Tiemblan mis Labios"

Una de las tareas más difíciles que un profesional del lenguaje enfrenta es tratar de convencer a sus semejantes de que una gramática no es una entidad divina que majestuosamente rige las expresiones de los mortales y cuyos secretos se revelan solo a través de alucinadas sacerdotisas que "hablan como lingüistas". El momento fundacional de la lingüística, el giro copernicano que creó la ciencia del lenguaje, es la realización de que la lengua no es más (ni menos) que aquello que los hablantes saben: la lengua habita única y exclusivamente en la mente de los hablantes; en ese sentido, aquello que los hablantes dicen es siempre y en todos los casos fruto de una regla. No existen expresiones lingüísticas que sean el producto gramatical de una ignorancia o de una carencia. Es imposible hablar sin saber cómo hablar. La consecuencia de este asombroso descubrimiento---que algunos atribuyen al Barón de Humboldt, otros al profesor ginebrino Ferdinand de Saussure, otros al antropólogo norteamericano Franz Boas---es bastante clara: la noción de "correcto" o "incorrecto" no es relevante para describir el lenguaje. Nadie se puede atribuir la versión correcta del español, porque no existe tal versión. El español es lo que sus hablantes hablan, nada más ni nada menos.

En ciertas áreas del lenguaje, esto no es tan difícil de aceptar. ¿Podría alguien reclamar que es mejor llamar aguacate a la palta? ¿O papa a la patata? ¿O elote a la mazorca? Debido a que el léxico es un componente del lenguaje que se renueva con relativa facilidad (siempre se van creando nuevas palabras), los hablantes son más tolerantes con las diferencias léxicas entre diversas versiones del español. Las propiedades sintácticas, sin embargo, son más estables en las gramáticas particulares de los individuos y por tanto los cambios generan más rechazo. Para algunos, por ejemplo, que un argentino diga Vos sabés en vez de Tú sabes es desesperante, y atribuyen tal variación a cierto desorden colectivo de personalidad. Otros, por ejemplo, se ríen cuando alguien dice ¿Qué tú dices, chico? imaginando que es signo de conducta estrafalaria. Ninguna de esas atribuciones está fundamentada, por supuesto. El voseo o la posición del sujeto en las preguntas obedecen reglas precisas que forman parte de la gramática de quienes usan esas construcciones y son tan legítimas como sus alternativas.

En ninguna parte, sin embargo, es tan feroz el rechazo a la diferencia como lo es en relación a las gramáticas producidas por contacto de lenguas o variedades de lengua. En estos casos hablamos de variedades adquisicionales, es decir, variedades que se forman durante el proceso de adquirir una lengua o una variedad de lengua. Muchos reaccionan con burla e indignación cuando ven que su amigo, pariente o jugador favorito regresa de Buenos Aires trayendo un dejo argentino. Se escriben ríos de tinta para denunciar el uso de aplicar por postular, de email por correo electrónico, de similaridad por similitud, y un largo etc. Esa variación se atribuye inclusive a una impostura, a un descuido personal, a una pérdida de identidad; como en el caso anterior, esas atribuciones carecen por completo de fundamento: las variedades adquisicionales son también el fruto de las precisas reglas que gobiernan la gramática mental de sus usuarios.

Y cuando ocurre la desafortunada situación de que el usuario de una variedad adquisicional pertenece a un grupo socialmente marginado, entonces el discurso de rechazo a la diferencia lingüística se convierte en el vehículo para encubrir el discurso discriminatorio. Cuando algunos escuchan decir Del cóndor su pata, un empleo regular del doble posesivo en el español andino, no escatiman insulto alguno para denunciar una presunta ignorancia, una imaginaria deficiencia lingüística, y peor aun, una inventada falta de capacidad para desempeñar su trabajo. Lo que en verdad están haciendo, sin embargo, es utilizar un discurso cuyas premisas básicas han sido aceptadas socialmente (como el rechazo a la diferencia lingüística), para vehiculizar prejuicios y formas de discriminación que serían más difíciles de tragar si se presentaran libres de su camuflaje.

Eso es precisamente lo que hace el Diario El Correo en su edición de hoy. Supuestamente denuncia faltas ortográficas y errores sintácticos---no he podido encontrar cuáles son, porque la fotografía de la portada no se pueden leer bien en su versión digital y no tengo la versión impresa a la mano, así que no puedo mencionarlas. En verdad lo que hacen es dar rienda a sus prejuicios y aprovechar para ridiculizar a un adversario político. Gustavo Faverón (entre otros) ya desnuda este doble juego con suficiencia en su post. Aquí quiero añadir la advertencia de que no debemos limitarnos a rechazar el discurso discriminatorio. Tenemos la obligación de señalar también las carencias del discurso prescriptivo. Tenemos que asegurarnos de que el sentimiento de rechazo a la diferencia lingüística, del todo injustificado, no vuelva nunca más a ser limpio disfraz para la discriminación y o el ataque político. Y la única manera es comenzar eliminándolo en nosotros mismos, pensando sobre sus consecuencias y reflexionando sobre sus carencias. ¿Cuántas veces nos hemos burlado de un error de ortografía? ¿cuántas veces hemos pensado que alguien es ignorante porque dice haiga? ¿o que no sabe español porque dice oftar en vez de optar? Todas esas veces hemos construido un nicho más para que se esconda el discurso racista y discriminatorio.

En esa tarea, nada más recomendable que este video preparado por varios lingüistas peruanos (el cual ya había comentado antes), que nos informan sobre la situación de los diversos castellanos del Perú---habría que recomendárselo al director de Correo.

Por esas razones, propongo ahora un ejercicio de resignificación de la portada de Correo. En vez de verla meramente como un acto gratuito de discriminación (que sin duda es) veámosla también como la huella de que algo extraordinario ha ocurrido: se escribe español andino en el Congreso de la República. No solamente el quechua (y el aymara, y el piro y...) requiere defensa y reinvindicación. También debemos reivindicar a los millones de usuarios de español andino, quienes sufren en forma constante burla y discriminación por su manera de hablar español. Y peor aun, a diferencia del uso del quechua, rechazar el español andino, no se considera algo malo o negativo, sino que al contrario, quienes así se burlan incluso creen que están haciéndole un favor a los discriminados, quienes supuestamente "no saben hablar castellano". Eso es lo que tenemos que rechazar: la premisa de que los hablantes de español andino están "hablando mal". En ese sentido, la portada de Correo representa un hito: después de 500 años de estar formándose por el contacto entre el quechua y el español, el español andino aparece en primera plana por primera vez. Es cierto, esa presencia viene acompañada de una interpretación negativa y prejuiciosa. Denunciemos y rechacemos el prejuicio, pero conservemos la noticia real: el español andino ha sacado la cabeza de los nichos de marginación y segregación a los que el discurso prescriptivo lo condenó, y ha puesto un pie en uno de los más visibles foros de la nación: el Congreso de la República. No es Supa quien no sabe; es el director de Correo, quien ignora por completo el verdadero significado de la notica que reporta: el español andino toma el lugar que legítimamente le corresponde, sin pedirle permiso a nadie---ese también es un mérito de Hilaria Supa.

No es la única ocasión. Hace unas semanas la actriz Magaly Solier, al recibir el Oso de Oro del Festival de Berlín por la película La teta asustada, empieza su agradecimiento con estas palabras (minuto 4:20): Estoy muy emocionada. Me tiemblan mis labios.

Este también es un caso de doble posesivo, aunque más sutil, menos visible y por lo tanto con menos posibilidades de ser blanco de rechazo---en otras palabras, nadie se queja. En español estándar, la expresión es Me tiemblan los labios, con el posesor representado por el pronombre me (esta es la construcción que los lingüistas llaman de posesor externo, porque el posesor está fuera del sintagma donde está lo poseído). Repetir el posesor dentro del sintagma que contiene lo poseído (Me tiemblan mis labios) es también una característica del español andino, del cual Magaly Solier es hablante.

La defensa del derecho de las personas a hablar su lengua no solamente incluye el derecho a hablar una lengua completamente diferente. También debe incluir el derecho a hablar en una variedad particular de una lengua, en este caso, el español andino. Es tan absurdo negarle a alguien hablar en quechua como negarle hablar en una variedad de contacto.

Y así como el quechua está felizmente haciendo avances en el terreno oficial, la portada de Correo y el agradecimiento de Magaly Solier en Berlín son una muestra de que el español andino también avanza, incluso en medio de insultos, discriminación e incomprensión. El director de Correo no se ha dado cuenta (aunque tampoco lo han hecho otros comentaristas que con justicia lo condenan) de que los hablantes de lenguas y variedades diferentes al español estándar están pasando por un proceso lento pero seguro de empoderamiento: la escena oficial (la televisión, el Congreso, los periódicos...) ya no puede seguir embalsando las diferencias lingüísticas. Estas emergen por su propia naturaleza y reclaman el lugar que les corresponde de pleno derecho: ser formas legítimas de expresión en todos los contextos. Quizá sea el signo de un tiempo nuevo, un tiempo en el cual los peruanos nos reconciliemos y diluyamos de una vez por todas esa absurda dicotomía entre lo profundo y lo contemporáneo, sin perder el derecho a nuestras peculiaridades. Me tiemblan mis labios.

POSTSCRIPTUM
Regreso después de varios meses al blog. La ocasión lo ameritaba. Pero tengo varias cosas otras que decir, así que espero seguir escribiendo otros posts. Muchas gracias a todos los que enviaron preguntas y mensajes. Lamento la ausencia.(TOMADO DE "LA PEÑA LINGÜÍSTICA")

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